Notó una sensación de mareo seguido de fuertes golpes dentro del pecho. El corazón se le había desbocado. Y también notó una opresión intensa y, en cierto modo placentera, un poco más abajo, justamente en ese lugar tan concreto de su entrepierna. Todas esas sensaciones se incrementaron con el segundo y el tercer lengüetazo; el mareo era más intenso y la excitación aún mayor. No veía el momento de llegar al pastizal. Fortunato creía estar soñando.

Mientras el resto del ganado se apacentaba bien disperso por el prado, Fortunato se acercó a la novilla y comenzó a acariciarle detrás de las orejas, mientras se abrazaba a su testuz. Jacinta levantó el hocico y le lamió toda la cara. Y así estuvieron un buen rato el hombre y el animal, él abrazado a su cabeza, acariciando su pelo, ella lamiendo la cara y los brazos de muchacho. Entonces él se quitó la ropa y se plantó delante de ella. Al poco rato ya retozaba en el suelo.
Ebrio de felicidad, se dio cuenta de dos cosas: amaba a aquella novilla. Y Jacinta lo amaba a él. Por fin, había encontrado el amor de su vida. Por fin, también, hacía honor a su nombre: se sentía completamente afortunado.
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