Llegaron a la casa y entraron en silencio. Su mujer le recibió con un beso frío, y su madre con un histérico abrazo lleno de lágrimas y babas. Era la hora de comer; por no desairar y por no encrespar más los ánimos con sus manías vegetarianas, aceptó participar del guiso de carne con patatas que había para comer, mientras las dos mujeres se afanaban en servir y recoger la mesa sin ninguna tensión aparente entre ellas. Parecía que el infortunio mantenía fuertemente unidas a las dos antiguas rivales.
Después de comer, su mujer lo llevó a la habitación. “Tienes que descansar”. Fortunato seguía sin atreverse a preguntar por la novilla. Lánguidamente miraba hacia el establo desde la ventana, esperando, impaciente, cualquier señal de que el amor de su vida seguía ahí, esperándole.
- ¿Y dónde está ahora? - Preguntó con voz algo temblorosa.
- Hubo que quitarla - Fue toda la respuesta que recibió de su padre.
- Hubo que sacrificarla… no paraba de mugir, esa novilla era el demonio… Es mejor así, entiéndelo, Fortunato - le dijo su mujer que entraba en la antigua bodega ahora convertida en la despensa que albergaba el congelador.
Fortunato cerro la tapa con violencia y empezó a golpearla con los puños a la vez que empezó a llorar con amargura y rabia- ¡Hijos de puta!... ¡Asesinos!...¡Me cago en dios!
- Deja de llorar, Fortunato, no era más que una puta vaca – le dijo furiosa su mujer.
- ¡Yo la amaba! ¡Hijos de puta!, ¡asesinos! ¡me cago en dios! ¡Ella también me quería!- Y descargó un rosario de violentos puñetazos contra la puerta del arcón. Entonces levantó los ojos y con una mirada llena de rabia preguntó:
- ¿Fuiste tú?
- ¿El qué?
- Que si fuiste tú la que me la mató – dijo desgañitándose
- No, fue tu padre.
- ¿Mi padre?, ese no mataría ni a una mosca.
- Tu madre se lo pidió.
- ¡Maldita víbora!
- ¡Fortunato! ¡Y también yo estuve de acuerdo!
- Ella me amaba… ella me amaba - vociferaba una y otra vez - ¡asesinos, hijos de puta...!
Y salió corriendo al establo. Revolviendo entre los trastos, encontró la escopeta de su padre. Y también unos cuantos cartuchos. Metió dos en la recámara y un buen puñado al bolsillo.
La primera detonación la dejó malherida junto al arcón. La segunda la remató dejando su sesera ensangrentada esparcida por las paredes de la antigua bodega. Cargó la escopeta con otro par de cartuchos.
Otra detonación y su madre quedó seca a la puerta de la despensa, cuando entraba corriendo a ver qué había pasado. Y otro disparo más acabó con su padre.
Fue él mismo quien llamó a la Guardia Civil. Allí les esperaba, sentado delante de la puerta, con la escopeta en su regazo cargada con otros dos cartuchos. Fumando un cigarrillo tras otro.
- No me van a sacar vivo, me cago en dios, no ve van a sacar vivo... Malditos hijos de puta... Mi pobre Jacinta hecha filetes... ¡Me cago en dios!
Y se puso a cantar:
Por un beso de la vaca daría lo que fuera
por un beso de ella aunque solo uno fuera
Por un beso de la vaca daría lo que fuera
por un beso de ella aunque solo uno fuera
aunque solo uno fuera
No hacía honor a su nombre. Nunca tuvo fortuna. Las luces azules se iban acercando a la casa. "No me van a sacar vivo", repetía... Las sirenas se oían cada vez más fuerte. Entonces besó la boca del cañón de la escopeta mordiéndola con firmeza y sin pensarlo más accionó el gatillo, dejando tras de sí una enorme mancha roja con la papilla rosada de sus sesos pulverizados. Aquellos sesos que tanto habían pensado en Jacinta. Aquellos que tanto la habían amado. Aquellos que soñaron y soñarían eternamente con Jacinta.Don Adrián dejó el periódico sobre la mesa y se frotó el entrecejo. Se le habían quitado las ganas de reír. Y empezaba a preguntarse muy en serio cuánto tiempo más podría aguantar entre tanto animal.

